| Detalle de la pintura La persistencia de la memoria, de Salvador DalÃ. |
Por: Lissette Martin López
Retomo el asunto porque lejos de mejorar, aprecio que cada dÃa se vuelve más costumbre. Hablo aquà de la formal informalidad de no pocas personas. Y hoy he vuelto a corroborarlo.
Recomendé a una amiga los servicios del técnico de refrigeración, quien quedó en pasar por su casa durante la mañana. Para poderlo recibir ella debió ausentarse de su trabajo. Han transcurrido varios dÃas. Él nunca llegó y tampoco avisó de que no cumplirÃa lo acordado.
La historia es común y tiene muchos rostros: “Voy sobre las diez de la mañana”, dice el carpintero. “El domingo caigo por allá con la pieza que hace falta”, anuncia el mecánico de la lavadora. “Paso a revisarte la laptop el viernes”, asegura el informático.
Ninguno llega. Cada quien con sus razones. Tampoco llama por teléfono o pasa un mensaje para declinar.
Por consiguiente, quien espera la visita anunciada quizás dejó de atender otras prioridades, cambiado los planes o simplemente debió reajustar su jornada para incluirlo. Y ese reajuste tiene un costo real: horas perdidas, oportunidades postergadas, pequeños caos domésticos que se acumulan.
También está el que, aun habiendo podido avisar con antelación, decide cancelar justo a la hora en que ambas partes habÃan establecido.
Todos ellos manifiestan falta de seriedad. Y no es un detalle menor: esa informalidad termina siendo más dañina que un “no” directo, porque alimenta la incertidumbre y educa en la impuntualidad crónica. Todo lo opuesto ocurre con aquellos que no decepcionan. Ellos saben aquilatar cuánto pueden ganar con la credibilidad de sus palabras y actos.
Y no es casual: cumplir es un hábito que perfectamente se puede desarrollar. Quien lo hace, cosecha confianza, recomendaciones...
Por ahora solo me queda seguir esperando al técnico que me aseguró que de esta tarde no pasaba el arreglo de mi lavadora. ¿Será?