martes, 16 de septiembre de 2014

Cuba: el reto de crear una cultura tributaria

Autor: Eduardo González García

 

Por supuesto, a nadie le gusta pagar impuestos, contribuciones y tasas.

Podremos comprender la necesidad de los tributos, saber que existen en todos los países e, incluso, en la mayoría, mucho más gravosos que en Cuba, pero, a la hora de sacar dinero del bolsillo, a todos se nos pone la cara seria.


Sin embargo, aunque no nos gusta pagar impuestos, es una obligación, establecida por la ley, y evadirlos constituye un delito duramente sancionado en todo el mundo.

En otros países, son muy pocos los que se atreven a subdeclarar, o sea, a reconocer menos ingresos que los realmente percibidos, y cuando los descubren, ¡AYAYAY!

En el sistema capitalista, vigente en casi todo el planeta, hay ese tipo de “cultura tributaria”, que responde al aspecto represivo del problema, aunque los contribuyentes sepan que la mayor parte del monto de la recaudación va llenar los bolsillos de funcionarios corruptos y a financiar gastos que en nada benefician a la población.

Por ejemplo, los contribuyentes norteamericanos financian, sin querer, y a veces sin saberlo, las aventuras militares de su gobierno, las agresiones contra Cuba y contra cualquier otro país cuyos dirigentes no le agraden a la Casa Blanca.

Así, el dinero de los tributos pasa a manos, por ejemplo, de los dueños del complejo militar-industrial, los grupos anticubanos y antivenezolanos de Miami y otros parásitos de esa sociedad.

¡Cuántos palestinos, iraquíes, afganos, libios… habrán muerto o estarán mutilados por las bombas que pagan inocentes ciudadanos de los Estados Unidos!

Pero volvamos a Cuba, donde, tras medio siglo de escasa práctica tributaria, hay varias generaciones que, en su mayoría, nunca habían pagado impuestos y, por tanto, no existe una cultura tributaria, ni siquiera la que suele ser creada por la obligación legal.

No la hay, pero tendrá que haberla, habrá que fomentarla, no solo sobre la base de las inevitables sanciones a los infractores, sino, principalmente, mediante la educación que explique y convenza de la necesidad económica y social de exigir el pago de impuestos.

Cierto que a nadie nos gusta pagar impuestos.

Pero tampoco nos gusta que sea escaso el transporte público, que las calles estén llenas de baches, que falte el agua en la ducha, que haya escuelas y hospitales sin el debido mantenimiento…

Esa es una de las razones de que existan los tributos, para financiar el gasto público que, en Cuba, es muy alto, debido a la salud y la educación gratuitas, amén de subsidios a los alimentos, medicinas, servicios y otros beneficios sociales.

Tampoco son de nuestro agrado los altos precios del mercado agropecuario e industrial, ni de los servicios sujetos al mercado de oferta y demanda, que solo son posibles cuando una parte minoritaria de la población tiene recursos con qué pagarlos, aunque el resto no tenga acceso a ellos.

Eso, que los economistas llaman demanda solvente, que no es pareja, es una de las razones de que existan los impuestos, para equilibrarla, mediante la redistribución de ingresos.

Los tributos tienen otras funciones, muy importantes, entre ellas, la de incentivar actividades productivas y de servicios vitales, y desestimular aquellas que son superfluas, suntuarias, o atentan contra el medio ambiente, la salud y el bienestar de la población.

También la de favorecer los ingresos procedentes del trabajo socialmente útil y gravar los que proceden de fuentes que no aportan beneficios a la sociedad.

Esos son principios generales de la administración tributaria en cualquier país, aunque su aplicación alcanza la mayor transparencia en Cuba, donde los ingresos del Estado se destinan, realmente, a satisfacer necesidades de la población.

Sin pretender agotar el tema, hemos tratado de explicar la necesidad de educar una cultura tributaria, que debe nacer del conocimiento de las razones expuestas, pero tiene que apoyarse, también, en sanciones a los que incurran en mora o evasión de impuestos, o en subdeclaración de ingresos.

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