Por: Ángel Ferrás Machado
El picadero en Alamar es mi segunda casa. Aquí logro todos los días lo que más disfruto hacer: enseñar a mis niños a jugar pelota.
Así lo expresa y demuestra en su andar cotidiano el avezado entrenador de béisbol, Walter Chávez, un hombre dedicado a formar buenos peloteros en La Habana del Este.
Entre risas y anécdotas de antaño comenta al cronista su amplio recorrido como pedagogo.
Las dolencias en su columna, propias del esfuerzo físico del día a día, las exigencias de los años y con preocupaciones en casa propias de las limitaciones actuales existentes en Cuba, no limitan los deseos de afrontar el compromiso de formar a una cantera inagotable de talentos del pasatiempo nacional.
Para Walter no hay descanso posible, cuando se trata de cumplir su encomienda en el picadero. Sus niños lo esperan, los padres y colegas de oficio ponderan su dimensión como entrenador y ser humano. Por eso lo catalogan como un extraordinario ser formador.
Para este profesional del béisbol en la esfera de docente,m cada año que transcurre se convierte en nuevos aportes a la pelota capitalina. Su obra crece en cada discípulo emergido de sus manos en un el terreno de juego. Ahí donde sonríe y corrige las deficiencias ante una buena acción a la defensa marcando con recta al centro el strike desde la posición de entrenador estrella en La Habana.