El lazo que elegimos

Con motivo del 20 de julio, Día de la Amistad, aprovecho para enaltecer el valor de una relación que empezó en la niñez, creció con los años y se convirtió en familia.

Cada 20 de julio el calendario señala el Día de la Amistad.

Por: Lissette Martin López 

Cada 20 de julio el calendario señala el Día de la Amistad. Y aunque pienso que no necesito un momento especial para recordar lo que significan en mi vida Juana María y Mercedes, sí he querido aprovechar la conmemoración para poner en palabras lo que durante tantos años ha sido más un hecho cotidiano que un motivo de celebración.

Las conocí cuando teníamos unos once años. En ese entonces, éramos tres niñas que compartían el aula, los recreos y las primeras inquietudes. No había en aquel momento una conciencia clara de que estábamos forjando algo duradero; simplemente, el tiempo y la confianza fueron haciendo su trabajo.

Pasaron los años, dejamos atrás la escuela, cada una tomó rumbos diferentes, pero el hilo que nos unía nunca se rompió. Se fue tensando y aflojando con las distancias y las ocupaciones, pero siempre se mantuvo entero.

La principal fortaleza de la amistad verdadera está en la certeza de que, aunque pase el tiempo o la distancia, existe un lugar donde se puede ser uno mismo sin reservas. No se trata de estar disponible a todas horas, sino de saber que, cuando realmente se necesita, hay alguien que va a atender la llamada. Eso genera una tranquilidad que pocas cosas en la vida pueden ofrecer.

Con los años, ese vínculo se ha expandido de manera natural. Nuestros hijos también son parte de ese círculo cercano y es como una extensión del cariño que nosotras nos profesamos. 

Ahí quizás radica el aspecto más valioso de esta amistad, cual demostración de que los lazos que elegimos pueden trascender a quienes los originaron y convertirse en una red de contención más amplia.

De izquiera a derecha Juana, Lissette y Mercedes. Foto: De la autora

A menudo se dice que la familia es el principal sostén de una persona. Y en muchos casos es así. Pero también es cierto que hay relaciones de amistad capaces de alcanzar un grado de compromiso y lealtad que iguala, y en ocasiones supera, a ciertos vínculos familiares. 

No se trata de establecer una competencia, sino de reconocer que la amistad se sostiene en la elección diaria de querer al otro. No hay una obligación impuesta; hay un deseo genuino de estar presente. Eso le otorga una solidez particular, construida desde la libertad y el respeto mutuo.

Tener buenos amigos no es un lujo reservado para unos pocos, aunque a veces lo parezca. Es una necesidad humana que, cuando se satisface, aporta estabilidad y sentido a la vida y cuando se da de manera sincera, llega a convertirse en un pilar que sostiene y da continuidad a los años que pasan.

En un mundo que tiende a lo inmediato y lo superficial, contar con personas que conocen tu historia, han visto tus aciertos y tus errores pero siguen ahí, es un privilegio que no debería darse por descontado.

Y así, entre recuerdos compartidos y proyectos futuros, sigo agradecida por tenerlas a mi lado.

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