Por: María Karla Fernández Mustelier
Un "huracán" de un poder singular hecho de escobas, palas y un espíritu comunitario indoblegable azotó la Avenida Reina del capitalino municipio Centro Habana. Pero lejos de causar estragos, este torbellino de acción popular llegó para sanar, limpiar y transformar, demostrando una vez más que la unión y la orientación certera son la fuerza más poderosa para el cambio.
Bajo la guía ejemplar de la compañera Nayra Luis Macías, primera secretaria del Partido Comunista de Cuba (PCC) en el territorio, y el compañero Jorge Luis Fajardo, presidente de la Asamblea Municipal del Poder Popular, la Avenida Reina fue el escenario de una batalla épica contra la suciedad y el deterioro. Desde las primeras horas, un mar de voluntarios, convocados por las organizaciones de masas y movidos por un profundo sentido de pertenencia, se desplegó en un maratón de higienización que cubrió desde Belascoaín hasta las calles Águila y Amistad.
Este operativo, que contó con el apoyo crucial de camiones de entidades provinciales, no se conformó con un barrido superficial. Fue una limpieza profunda, una cirugía mayor a los espacios públicos que dejó al descubierto problemáticas estructurales que serán atendidas con la prioridad que el Gobierno y el PCC otorgan al bienestar ciudadano. Se identificaron incidencias para la Empresa Aguas de La Habana y se llamó a la responsabilidad a propietarios de locales que, con su desatención, contribuyen al deterioro ambiental.
La jornada, sin embargo, trascendió lo meramente higiénico. En un ejercicio de integralidad y legalidad, se revisaron situaciones sensibles relacionadas con la venta ilícita en los corredores de la avenida. Esta acción evidencia la voluntad estatal de ordenar no solo el ornato, sino también la vida económica y social, garantizando los derechos de la mayoría frente a prácticas ilegales que afectan a la comunidad.
Este "huracán de higienización" fue, en esencia, una lección cívica. No solo limpió calles y aceras; limpió de escepticismo los corazones y reforzó la urgencia de preservar lo logrado con tanto esfuerzo. Fue una demostración palpable de que, cuando el pueblo y sus instituciones marchan unidas, no hay obstáculo que no pueda vencerse. Esta siembra de esperanza y trabajo colectivo es el camino irrenunciable para seguir construyendo, paso a paso y barrio a barrio, La Habana limpia, ordenada y próspera que todos soñamos y por la que nuestra Revolución no ha dejado de trabajar.
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