Cuando un amigo se va…


Foto: Internet
Autor: Víctor Joaquín Ortega

“Me ha golpeado la noticia de tu deceso en tierra extraña; y ¡hacia una fosa común tus restos! Sabes cuánto amo a Pablo de la Torriente Brau y él me enseñó a comunicarme con los muertos. No serás Hiliodomiro, pero voy a hacer el esfuerzo. Te mostraré las líneas que escribí sobre ti cuando me llegó aquella trompada. ¿Las habrás leído?”

No regresó. Y es saeta clavada en mi costado izquierdo. No he podido eliminarlo de mi cariño, aunque él no haya aguantado tanto sacrificio impuesto por el enemigo en lo fundamental, y se convirtiera en... emigrante económico y sus pies recorran las calles, donde ese mismo enemigo es el poder. Unido a ese cariño, ahora entristecido, se desliza la lástima por un hombre que se ha alejado de su patria.

Recuerdo como discutimos algunas veces porque, en mi opinión, exageraba las cualidades de un receptor, de un púgil, de un basquetbolista, o cuando estimó que la verdad debía decirse siempre y en cualquier sitio, aun cuando fuera inútil o resultara útil al morbo, a las fuerzas rivales, a lo peor que todavía nos muerde, y aunque hiriera la intimidad de las personas hasta quitarles la luz.

Pensé que eran debilidades en su formación profesional. La vida me demostró que iban más allá: eran grietas éticas, ideológicas, sin que dejaran de indicar falta de profesionalidad. A menudo, en cuanto pienso en él, me fustigo por no haberle discutido con fuerza y efectividad mayores, por no haberme preocupado y luchar  más por él.

En nuestros tiempos juveniles, solíamos pasear juntos con bellas muchachas, más tiernas y románticas que nosotros, y no nos cansábamos de bailar en centros nocturnos, o de ocupar algún banco de un parque para cantar en cuarteto improvisado, antes de separarnos con la amada respectiva e interpretar otros cantos y bailes muchos más movidos e íntimos.

Observo los spikes que me obsequió para que me sintiera más cómodo en mi posición de cátcher del equipo, donde militábamos en el torneo de sóftbol de la prensa. Abro un aparador: entre papeles, fotos, varios libros y revistas, mi kimono de judo.

En mi mente, las prácticas de defensa personal con mi amigo. Acaricio la cinta negra, los sitios sucios, raídos; le descubro, especialmente con el olfato, que no ha eliminado las huellas del sudor del todo, y que el tiempo y la humedad van derrotando vestimenta tan querida. Me acuerdo de viejos combates, de reportajes y crónicas.

A solas contigo

¡Cómo deseo continuar entrenando contigo! ¡Qué cará...! Te quiero acá aunque no practiquemos más nunca. Hasta para volver a discrepar de pelota, de boxeo, de cualquier tema. Pero estás tan lejos, más lejos que la distancia geográfica que nos separa.

No justifico tu decisión, aun cuando alguien te llevara recio, alguno se extremara o porque te cegaran injusticias y errores; no niego que existen, mas son muy inferiores a los que te rodean donde resides actualmente: el gran error o... el horror.

Te lo dije, y no te arribó al sentimiento a pesar del agrado de tu rostro. ¿La habrás olvidado completamente? Es esta cita martiana utilizada por mí en varios escritos, hace más de 40 años. Hoy es puñetazo contra tu huida: “Pues si hay miserias y pequeñeces en la tierra propia, desertarlas es simplemente una infamia, y la verdadera superioridad no consiste en huir de ellas, ¡sino en ponerse a vencerlas!”

Te agobiaste con la batalla, la abandonaste: no eres de los imprescindibles. Eso sí, ya tengo mi venganza contra esta desgarradura provocada por ti, por tu falta de firmeza, por tu ausencia. Pondré más corazón y cerebro en mi labor, sea periodismo o literatura; también, en las clases que les doy a quienes serán mi continuidad; presencia mucho más activa en el quehacer revolucionario y profesional sobre todo.

Defenderé con más fortaleza y tino lo superior, lo que no te conquistó pleno cuando eras cubano con los pasos en tu tierra, y en tu alma vibraban nuestra historia, la fe, los sueños que estremecen la mía.

Así, mantendré lo mejor de ti en mis remembranzas, y acallaré tu dolor por la escapada. Ojalá entiendas el amor - aunque herido- de mi desquite.

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