sábado, 9 de abril de 2016

Sor Juana Inés de la Cruz nos esclarece




Marion Jones. Foto: Internet
Autor: Víctor Joaquín Ortega


El dopaje vuelve a dañar el deporte en la propia cima. Golpes en Rusia, en Kenia, en Suiza… aquí, con atleta birlada que dijo adiós a su país al ritmo de la oferta y demanda. Por mayores ganancias, semejante abandono al de Judas Iscariote a los discípulos de Jesús. La palabra calificadora para dicha acción es más fea y más real… Pero con estas líneas voy a referirme esencialmente a otra infamia: el doping. De contra, hasta el dopaje mecánico ha aparecido: un motor aliado a las dos ruedas.



No son las únicas estrellas que han perdido su luz; sin embargo, confieso que me llegó a lo hondo como ninguno el caso de la atleta norteamericana Marion Jones. Me martirizó demasiado su imagen desde periódicos y noticieros de la televisión. Trémula; los ojos, lagunas perdidas, situadas, quizás, en los Juegos Olímpicos de Sydney 2000 donde la dicha la atrapa: rayo dorado en 100 y 200 metros y dos premios de bronce, en salto largo y el relevo corto.


Cuando la felicidad la abraza, en la sala de millones de hogares donde la conocen mejor que a un familiar lejano gracias a la pequeña pantalla. Palpita en el pecho de muchísimas personas, sobre todo en el de niñas y niños, adolescentes y jóvenes de todo el orbe. Sus fotografías miran desde las publicaciones con cierta altivez y ocupan más espacio que las de políticos, artistas o científicos. Los textos sobre la campeona van mucho más allá de lo periodístico: navegan en ellos frases de novela o cercanas al verso, abundan los escritos de fondo, cualquier paso suyo provoca informaciones.


Hasta que otras noticias, crónicas y artículos bien alejados de la poesía y la profundidad la atrapan: La Jones se dopó… La velocista hizo trampa…Marion no merece sus medallas…


Por encima de observar: la siento devolver sus preseas. ¡Mucho de su vida se le escapa junto a ellas! La prensa amarilla y gris, voces insensibles y superficiales, la abofetean como hicieron con el jamaiquino disfrazado de canadiense Ben Johnson, devorado por similar ilegalidad; como han hecho, hacen y harán con una enorme lista de pecadores.



Cierto, el dopaje es un pecado, mancha la deportividad y el olimpismo, que ya andan  muy lesionados por la comercialización, los negociantes, el robo de ases, la politiquería, los amaños en encuentros, tanto quehacer antihumano. Y el doping es una rama de esas enfermedades contraídas desde un régimen que parte de bases económicas sintetizadas en el burdo tanto tienes, tanto vales.


Las lides del músculo no escapan de la maldad. La estafa citada  nació, se hincha, gana en fertilización, vibra en su ambiente en este mundo enfangado. Por esos tiempos escribí: El caso Marion Jones no ha sido el primero ni el último desgraciadamente. Seamos justos. Ella ni Johnson ni tantos otros son los victimarios, aunque los maltraten así la inmensa mayoría de los funcionarios y periodistas: tienen parte de la culpa, merecen ser sancionados pero son víctimas de una sociedad prostíbulo de la que no sale incólume la cultura física, sociedad donde se trata de imponer conceptual y prácticamente que el fin justifica los medios.


Cosecha principal entre los de abajo, la gente de los  bolsillos vacíos, habitantes del llamado tercer mundo, negros, aborígenes y mestizos…; no encuentran ni transitan con facilidad el sendero que los conduzca a ser personas y los salve de la explotación y el hambre, la enajenación y la incultura, la mediocridad y la miseria. Quieren dejar de vegetar, desean vivir, algo tan simple y tan complejo en cualquier sitio. En el deporte y el arte observan puentes hacia la dicha, sin negar el amor sentido por ambas actividades.     


Hasta competidores a los que no les hace falta, por calidad y posición económica, tratan de resolver con mayor rapidez su avance con dicho delito. Martí envía luz sobre el tema y más allá: "Es necesario contar  siempre que los intereses rigen principalmente a los hombres, y que rara vez están las virtudes del lado de los intereses".


Están los titiriteros. Se quedan con la gran rebanada sin arriesgar una uña: atraen, engañan, corrompen, convierten todo en deyección. Los contendientes batallan por llegar, y si arriban, luchan por no perder la cúspide. No solo es el dinero: pesan también los reconocimientos, las primeras planas, la fama, no siempre juntada a la gloria. Recuerde la cínica frase ya citada: el fin justifica los medios, llevada a vía de hechos.   



El olvido lesiona la fundamental función de la cultura física y de los ideales más puros de Pierre de Coubertin: la forja de un hombre y una mujer mejores en cuerpo y alma por encima de medallas, trofeos, récords y hasta el alto rendimiento.


Los negociantes del sector pagan a sus ¿científicos? para encontrar las drogas, los trucos propicios con el fin de desarrollar o alargar la carrera de sus mercancías musculosas. Una industria. Innegable que esta ignominia la han utilizado sistemas que no debieron siquiera pensarla con equivocados objetivos propagandísticos. Cuba siempre ha estado en contra y enfrentado el azote, sin negar alguna falla cometida por alguien a espaldas de las autoridades y del movimiento deportivo.


Sor Juana Inés de la Cruz lo esclareció: el peor pecador es el que paga por pecar y no el que peca por la paga. Quien paga en la esfera señalada lo hace en busca de gozos degradantes, por mayores ganancias.



Necios son quienes acusan a quienes fallaron, sin verlos víctimas en medio del error, y no envían la ofensiva cardinal contra la raíz del mal y diversas infecciones antideportivas: una sociedad indigna capaz de destruir incluso a quienes creyeron disfrutar de la felicidad.

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