Por: María Karla Fernández Mustelier
Han pasado 50 años y el vuelo CU-455 de Cubana de Aviación sigue doliendo en la memoria de Cuba. El 6 de octubre de 1976, la nave despegó del aeropuerto de Seawell, en Bridgetown, Barbados, rumbo a Jamaica y La Habana. A bordo viajaban 73 personas: 57 cubanos, 11 guyaneses y cinco ciudadanos de la República Popular Democrática de Corea. No eran cifras frías. Eran sueños, familias, uniformes y tareas cumplidas.
Entre los pasajeros regresaba un grupo de 24 esgrimistas cubanos que habían conquistado todas las medallas de oro en las competencias regionales celebradas en Caracas. Volvían con el orgullo del deber cumplido y con la prisa limpia de abrazar a los suyos. Con ellos viajaban trabajadores, estudiantes, tripulantes y familias de distintas nacionalidades. No portaban armas ni rencores. La muerte, sin embargo, los esperaba sobre el mar.
Poco después del despegue, dos bombas estallaron dentro del Douglas DC-8. El avión se convirtió en una llamarada y, en pocos minutos, 73 historias quedaron truncadas. El terrorismo no distinguió fronteras ni inocencias. Mató a todos por igual.
Fidel lo expresó con la fuerza de una nación herida. Aquellos 57 cubanos eran «saludables, vigorosos, entusiastas, abnegados y jóvenes». Su edad promedio apenas superaba los 30 años, pero ya habían entregado mucho al trabajo, al estudio, al deporte y a la Revolución. No eran millonarios de viaje ni turistas con tiempo y recursos. Eran humildes trabajadores, estudiantes y deportistas que cumplían con modestia las tareas que la Patria les había encomendado. El capitán de la nave había sido elegido ese año Héroe Nacional del Trabajo; muchos llevaban la Medalla XX Aniversario; varios habían prestado servicios internacionalistas; y no pocos militaban en la Juventud o en el Partido.
Ese crimen no fue casualidad ni tragedia sin culpables. Fue planificado y ejecutado. Las investigaciones señalaron como autores intelectuales a los terroristas de origen cubano Orlando Bosch Ávila y Luis Posada Carriles, vinculados a la Coordinadora de Organizaciones Revolucionarias Unidas. Freddy Lugo y Hernán Ricardo Lozano colocaron los explosivos. Pablo Gustavo Castillo Díaz, conocido como el Cojo, estudió las rutas aéreas cubanas y ayudó a seleccionar la aeronave. Todos forman parte de la misma cadena criminal.
Tampoco puede olvidarse a quienes supieron y callaron. Documentos desclasificados muestran que la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos conocía desde junio de 1976 planes para colocar una bomba en un vuelo de Cubana de Aviación. Días antes de la explosión recibió información sobre intenciones de atacar un avión cubano. No hubo alerta oportuna. La impunidad, medio siglo después, sigue siendo una herida abierta.
El 15 de octubre de 1976, en la Plaza de la Revolución, Fidel convirtió el duelo en denuncia: «Cuando un pueblo enérgico y viril llora, la injusticia tiembla». No era solo una frase. Era el compromiso de no dejar que la verdad se hundiera con el avión.
Cuba recuerda a las víctimas de Barbados no para sembrar odio, sino para impedir que el odio regrese con otros uniformes, otros pretextos y otras banderas. Condenar aquel crimen es condenar todo terrorismo, venga de donde venga y pretenda justificarse como pretenda. Ninguna causa política legitima el asesinato de civiles. Ninguna alianza absuelve a quien pone bombas. Ningún calendario tiene derecho a enterrar la verdad.
A 50 años, el avión sigue cayendo en la conciencia del mundo cada vez que la impunidad quiere disfrazarse de olvido, cada vez que un asesino es presentado como combatiente, cada vez que una víctima es reducida a una cifra. Pero también sigue de pie la memoria de los 73. Nuestros atletas, sacrificados en la flor de la vida, serán campeones eternos. Sus medallas de oro no están sepultadas en el fondo del océano: brillan como soles en el firmamento de Cuba y ascendieron para siempre al olimpo de los mártires de la Patria. Los tripulantes, los trabajadores del aire y todos los compatriotas caídos vivirán en el recuerdo y el cariño del pueblo.
El mar pudo tragarse el avión, pero no pudo hundir la verdad. Mientras Cuba recuerde sus nombres, la bomba de Barbados seguirá siendo lo que fue: la firma sangrienta de un crimen que, medio siglo después, continúa exigiendo justicia. Una Patria más revolucionaria, más digna, más socialista y más internacionalista será el monumento a su memoria.