| La bancarización en La Habana requiere mejoras en la infraestructura y políticas que motiven a los ciudadanos a adoptar nuevas formas de pago. Foto tomada de la cuenta en X del Gobierno de Cuba. |
Por: Lien Martí Rodríguez
El proceso de bancarización en Cuba, impulsado por el Banco Central, busca modernizar las transacciones financieras y reducir el uso de efectivo. Sin embargo, en La Habana este proyecto enfrenta un retroceso evidente. La brecha entre las intenciones oficiales y la experiencia cotidiana de los ciudadanos genera resistencia y desconfianza hacia los mecanismos digitales.
La capital cubana padece una infraestructura insuficiente para sostener la bancarización. La escasez de cajeros automáticos, las fallas en las plataformas digitales y la baja conectividad limitan el acceso a servicios financieros modernos. A ello se suma la preferencia por el efectivo, motivada por la percepción de que los bancos no garantizan liquidez y por el temor a quedar atrapados en un sistema financiero que perciben poco confiable.
Los pequeños negocios y trabajadores por cuenta propia se ven especialmente afectados. La falta de fluidez en los pagos electrónicos y las restricciones relacionadas con la extracción de efectivo complican la gestión de sus actividades. En lugar de estimular la inclusión financiera, en los últimos tiempos, las medidas han reforzado la informalidad y debilitado la confianza institucional.
Aunque las autoridades y los ciudadanos de menos recursos perciben el proceso de bancarización como un paso hacia la modernización y la seguridad, la realidad habanera muestra un predominio del efectivo y una escasa aceptación de los pagos digitales. La educación financiera, los programas de capacitación y las campañas de comunicación no han revertido la percepción negativa ni generado incentivos suficientemente fuertes para la población.
El debilitamiento del proceso de bancarización en La Habana tiene efectos visibles que se evidencian en una mayor informalidad en las transacciones, la exclusión de sectores con menos acceso a la tecnología y una marcada erosión de la credibilidad del sistema financiero.
Sin un cambio en la estrategia, la bancarización corre el riesgo de convertirse en una obligación impuesta más que en una herramienta útil para la ciudadanía.
El desafío para Cuba no es únicamente técnico, sino también de confianza. La bancarización en La Habana requiere mejoras en infraestructura, transparencia en la gestión bancaria y políticas que motiven a los ciudadanos a adoptar nuevas formas de pago. Solo así podrá transformarse en un proceso inclusivo y sostenible, en lugar de un proyecto que se percibe como distante y poco funcional.
El retroceso del proceso de bancarización en la ciudad no solo se manifiesta en estadísticas o en la falta de infraestructura, sino también en las experiencias de quienes viven y trabajan en la urbe. Las opiniones de los ciudadanos reflejan la tensión entre las políticas de Gobierno y la realidad práctica de la vida económica.
Un dueño de una pequeña empresa privada comenta: "Nos piden que hagamos todo por el banco, pero los sistemas se caen y los pagos no llegan a tiempo. Para mi negocio, que depende en la mayoría de los casos, del dinero al momento, tener el efectivo en la mano sigue siendo más seguro. No es que no quiera modernizarme, es que no puedo arriesgarme a perder el negocio".
Desde otra perspectiva, un empleado del sector estatal señala: "Para mí es más sencillo usar las tarjetas y las aplicaciones, de hecho por esa vía pago la electricidad, el agua, el teléfono y hasta el gas, pero cuando voy a comprar en el mercado, el vendedor me dice que solo acepta efectivo. Al final, uno siente que el dinero en el bolsillo resuelve más que cualquier aplicación y no queda más remedio que hacer una larga cola en el banco".
Ambas declaraciones son una muestra de cómo la bancarización, concebida como un paso hacia la modernización, se enfrenta a un entorno donde la confianza y la funcionalidad son más determinantes que la normativa.
En La Habana, tanto emprendedores como trabajadores estatales coinciden en que el efectivo sigue siendo la herramienta más confiable. Sin embargo, la necesidad de la expansión de la infraestructura financiera y el mantenimiento de incentivos reales para la población, como la comodidad del pago por transacción y la posibilidad de acceder a beneficios asociados, muestran el imperativo de que la bancarización continúe ganando terreno.
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