viernes, 9 de junio de 2017

El pobre pececito

Pobre pececito, en su estrecha prisión de vidrio. Diseño: Gilberto González García
Pobre pececito, en su estrecha prisión de vidrio. Diseño: Gilberto González García
Autor: gilberto González García

El pobre pececito vive en un pomo de conserva. Una vez por semana le cambian el agua y le dan algo de comer –no siempre el alimento más adecuado para su especie.


Es como si a usted lo obligaran a vivir en una caja de cristal de dos metros de largo, dos de ancho y dos de altura, herméticamente cerrada, y cuando ya empiece a asfixiarse le abrieran un postigo por donde le lanzaran unos mendrugos, al tiempo que su enrarecido ambiente se renueva un poco.

Al pobre pez no le queda otro incentivo que mirar su propio reflejo en el vidrio, distorsionado por la concavidad de la pared de su prisión, y ni siquiera podría, como usted, hacerse entender por señas para alertar de que se le está acabando el oxígeno.

Para vergüenza de la humanidad, muchos Homo sapiens actúan con sus mascotas como con el pobre pez de este relato. Las someten a crueles condiciones de existencia sin tener en cuenta sus más esenciales necesidades.

Un día sacamos a los animales de su medio natural, los modificamos generación tras generación para hacerlos más a nuestras preferencias, sin darnos cuenta de que los hacemos propensos a problemas de salud y de comportamiento.

Muchas veces se capturan individuos silvestres para convertirlos en animales de compañía sin reparar en el daño que les hacemos a ellos y a la naturaleza.

En otras ocasiones se crían descuidadamente, provocándoles problemas genéticos. Luego, si no nos gusta el resultado, sencillamente los sacrificamos o, peor aún, los abandonamos a su suerte.

Algunas especies no son aptas para la domesticación pues pueden resultar peligrosas o difíciles de mantener. Sin embargo la excentricidad y la ambición de algunas personas las impulsan a capturarlas y mantenerlas prisioneras hasta que crecen y ya no las pueden conservar y entonces suelen ser liberadas en nichos ecológicos que les son ajenos, rompiendo el equilibrio natural.

Por desgracia ellos no pueden hablar, pues si pudieran no dudarían en conseguir una sentencia ante algún tribunal para sus dueños abusivos.

Nuestras mascotas son nuestra responsabilidad, estamos obligados a cuidar de ellas y satisfacer todas sus necesidades, sean pececitos o perros.

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