sábado, 11 de junio de 2016

La Habana extraordinaria del siglo XXI


La Habana vista desde el edificio Focsa. Foto: Gilberto González García

Autora: Caridad Labrada Curbelo

Acercándose a los cinco siglos de una existencia fecunda, La Habana de hoy motiva comentarios por doquier, luego de recibir la condición de una de las siete maravillas del mundo moderno por la fundación suiza New7Wonders.


Por estos días la capital de Cuba está de celebraciones y la distinción otorgada oficialmente el 7 de junio último, la eleva a un plano superior como anfitriona perenne de quienes llegan desde varios puntos del orbe ante el provocativo llamado de la centenaria, que aún tiene mucho misterio por descubrir, confirmándose diferente y muy admirada hasta por los más escépticos.

Cierto, que desde su fundación el 16 de noviembre de 1519, la otrora Villa de San Cristóbal de La Habana ha resistido el embate del tiempo, y no solo del clima tropical propenso a intensas lluvias, sino también al referido a estilos de vida, adaptaciones arquitectónicas y escaseces, muchas veces justificativas del deterioro todavía pendiente de renuevo en buena parte de sus territorios. 

Sin embargo, la ecléctica ciudad intramuros, declarada Patrimonio de la Humanidad en 1982 por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), siempre sorprende con su historia y memoria afectiva bien conservada.

Ya desde antaño, era capaz de permanecer en tenaz resistencia a los corsarios y piratas, resurgir de entre las cenizas y recomenzar su viaje cotidiano hacia el futuro, con esfuerzo de su población e inclusive, sueños compartidos con los foráneos, muchos de los cuales quedaron atrapados por el trato generoso y la espontaneidad de los nativos, como irresistible anhelo para quedarse en La Habana.

Por eso tanto color, sombras y espiritualidad diferentes, en esa atracción que ejerce el mestizaje de tradiciones y cultura, conservados como la más viva presencia humana y universal, con referentes únicos en la influencia de los estilos de la arquitectura colonial, con un rango diverso de moro, español, italiano, griego y romano, unido a los hábitos alimenticios, danza, música, religiones y giros idiomáticos de los cubanos.

Al caminar por cada callejón, plaza, parque y vencer obstáculos para penetrar los rincones de la cosmopolita urbe del Caribe, es necesario avivar los sentidos que permiten profundizar en los mayores atractivos de esta maravilla, contenida en la realidad imprevisible y por demás armónica de sus grandes contrastes.   

Cuando los rumores giran en la burlona percepción de observar el desorden de basureros malolientes, el polvo por el continuo trabajo de los obreros, edificios por demoler o reedificar y el jolgorio inesperado, muchas veces escandaloso de sus habitantes, es necesario volver la mirada al esplendor de una avenida del Puerto habanero o un Paseo del Prado y sus alrededores engalanados y con sus mejores luces.

Pero, más allá de lo externo materializado en los esfuerzos por darle mayor utilidad y lucidez a las instituciones, infraestructura hotelera, negocios estatales y otras modalidades vigentes, el encanto particular de esta ciudad caribeña tiene otros matices que actúan en la psiquis de aquellos que insisten en visitarla.

Y es que La Habana se acicala cada día con el resplandor de la sonrisa de los niños, de las madres y padres confiados en su seguridad personal, mientras las escuelas, centros de salud y de recreación libran la tenaz batalla por adecuarse al desarrollo socioeconómico de una Cuba inmersa en los grandes desafíos del siglo, con enfoque realista y en el propósito común de sacarle partido a sus talentos para prosperar. 

Así, en medio del humor y mordaz crítica, la risa de los cubanos contagia, asimismo sus ansias de vivir a plenitud, sin que nada ni nadie los prive de su derecho a la vida, por lo que en su locuaz comunicación es posible intervenir en cada escenario con la aspiración de salir adelante, sin desmayar, valientes y decididos en su apuesta por la esperanza de que un mundo mejor es posible.

Razones todas que corroboran la feliz decisión de millones de personas del planeta de otorgarle el voto a La Habana de séptima maravilla, porque es ciertamente extraordinaria en su dimensión multiforme como ciudad del siglo XXI.  


Paseo del Prado. Foto: www.trover.com

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