lunes, 23 de mayo de 2016

Los dos primeros campeones árabes en el atletismo olímpico


Montaje: Yelemny Estopiñán Rivero

Autor: Víctor Joaquín Ortega Izquierdo

“Soñamos con el día en que no aparezca un país europeo,
muy nórdico, muy blanco y de ojos azules, cuyas competencias
las realiza tanto con kenyanos, nigerianos, etíopes, o ciudadanos
de otros países, como con ciudadanos cubanos que se han robado…”

                                                                                                                                                Fidel Castro

Autor: Víctor Joaquín Ortega

Según informaciones y artículos, diversos escritos históricos y todas las estadísticas, Francia obtuvo dos medallas de oro olímpicas en la prueba de maratón: en Amsterdam 1928 y Melbourne 1956.

No se quede en la superficie y acompáñeme en un recorrido por mares más profundos. Muchas de aquellas palabras esconden una gran verdad y ocultan una inmoralidad legalizada que, en lugar de descender, ha consolidado su existencia.

No se apure, venga conmigo a los II Juegos Olímpicos, París 1900. Un maratonista de la sede quería convertir su apellido en realidad en el magno certamen: Émile Champion, todo un caballero según la visión de la época.

Su principal contrincante: Michel Théato, de Luxemburgo, jardinero del Rancing Club de Francia, del cual era socio el gentleman. Y el emigrante proletario lo derrota dos horas, 59 minutos y 45 segundos por tres horas, cuatro minutos y 17 segundos. El sueco Ernst Fast, bronce con 3:37.14.

Un coterráneo del vicetitular llega cuarto: Resse. Este y el señor de plata, sí son franceses. No poca literatura deportiva miente y sitúa al titular en la selección gala. El sueco Nystrom y el estadounidense Newton terminaron en quinto y sexto puestos, respectivamente.

La Ciudad Luz alberga de nuevo el clásico en 1924. Edición octava. El pabellón de Finlandia flota en la altura de la lidia maratónica otra vez; sus corredores miembros de un potente conjunto atlético. En la batalla de Amberes 1920 se había impuesto el brillante deportista finés Hannes Kolehmainen.  

Su compatriota Albin Stenroos ocupó ese honor cuatro años después con dos horas, 41 minutos, 22 segundos y seis décimas. Junto a él, en la premiación, Romeo Bertini, de Italia, y Clarence DeMar, de Estados Unidos, con 2:47.19.6 y 2:48.14, respectivamente.

Fíjese en el ocupante del séptimo lugar. No se asombre. Apunte el nombre de quien consigue concretar sus esfuerzos en un digno escalón: el contendiente galo El Ouafi, que logró dos horas, 54 minutos, 19 segundos y seis décimas. Lo indigno es que se batió en representación de la metrópoli esquilmadora a sangre y fuego de su país de nacimiento: Argelia. No vio o no quiso ver su abrazo a lo degradante.

Sí, Boughéra o Mohamed El Ouafi, así aparece en comentarios y recuentos, testimonios y crónicas, es argelino. Bajo una bandera que no es la suya, conquista el galardón supremo de la distancia en los IX Juegos Olímpicos, Ámsterdam 1928. Tiempo: dos horas, 32 minutos y 57 segundos. El chileno Manuel Plaza  (dos horas, 33 minutos y 23 segundos) y el finés Martti Marttelinen (dos horas, 35 minutos y dos segundos) fueron sus más potentes adversarios.

El de América del Sur por poco más de un minuto y medio se vio desplazado del sitio principal. En la lid de 1924, la efectuada en París, quedó a un peldaño por encima de las de Amsterdam con 2:52.54.

El Ouafi, en realidad, es el primer campeón olímpico de los países árabes y su primer medallista de cualquier color en la más alta competencia del deporte rey. Birlado a su patria, contendió por los ladrones que martirizaban a Argelia mucho más allá de la cultura física.

El magnífico corredor sufrió humillaciones desde su entrada al conjunto: pocos confiaban en él, muchos estaban en contra de su presencia en el colectivo. Cuando quedó en séptimo sitio cuatro años atrás le fue peor. Con tal de llegar a la cumbre, las aguantaba.

En la justa holandesa, un egipcio obtuvo el máximo galardón: el pesista de la división ligera completa Sayed Nosseir, al totalizar 355 kilogramos, y es el primer titular olímpico árabe reconocido.

Ante la prensa el maratonista

El triunfador de la agotadora carrera es rodeado por periodistas de diferentes medios acreditados en la contienda:

- Me lo propuse aunque a nadie se lo dije: ningún contrario me va a dejar atrás en la capital holandesa. Entrené duro, sin fallar una jornada, y el resultado llegó.

Sigue respondiendo a las preguntas relacionadas con su éxito. Atrapado por lo sombrío, la vergüenza, cuando un reportero va más allá.

- ¿No le molesta haber competido por Francia y no por su país...?

Baja la cabeza, no sabe dónde meter las manos. Antes de dar por terminada la reunión masculla algo así:

- Tenía que hacerlo, tenía que hacerlo, si no...

Se marcha arrastrando los pies.

El Ouafi volvió a ser golpeado en Francia: atado al olvido, terminó siendo un pordiosero. Lo matan a puñaladas en una calle parisina para quitarle lo poco conseguido ese día al mendigar.

De nuevo, el robo

Juan Fauria en su libro Las Olimpiadas, al tratar el caso del atleta escamoteado, no ahonda y ofrece opiniones tan injustas y descaradas como la propia santificada ilegalidad:

“La dura prueba de maratón fue ganada por un francés, el argelino El Ouafi, el más modesto de los atletas franceses, en quien nadie creía. Colocado en décimo noveno lugar, fue rebasando contrincantes en la segunda parte de la carrera; cuatro hombres delante suyo, y en un nuevo ataque, solo el chileno Plaza le resiste; a 600 metros de la meta un nuevo demarraje y el espacio se interpone entre los dos y entra en el estadio. Veintiocho años antes un francés ganó esa prueba; 28 años después otro francés volverá a vencer”.

Vamos a ver quién es ese “otro francés” vencedor. Para eso, primero un salto hacia la llamada Olimpiada del Hambre o los Juegos de la Austeridad.
 

Escenario: Londres 1948, que mostraba todavía huellas del vandalismo nazi durante la segunda conflagración del mundo, cuando la metralla destrozó la paz y ocho años perdió la descollante cita; la culpa, como siempre, de los imperios.

Vistazo a los fondistas. Emil Zátopek, de Checoslovaquia, muestra las uñas: ya lo conocerán como La Locomotora Humana. En los cinco mil metros llanos, cayó al segundo (14 minutos, 17 segundos y ocho décimas), superado por el belga Gastón Reiff: 14 minutos, 17 segundos y seis décimas.

En los 10 mil metros ninguno pudo arrebatarle el mérito superior: solo Alain Mimoun, que compite por la nación gala, le hace alguna resistencia y al final este es doblegado 29 minutos, 59 segundos y seis décimas por 30 minutos, 47 segundos y cuatro décimas.

Sigamos con el fondo en los XV Juegos Olímpicos, Helsinki 1952. Simplemente, es la Olimpiada de Zátopek. Oro en cinco mil metros, (14 minutos, seis segundos y seis décimas); 10 mil metros, (29 minutos y 17 segundos) y en maratón: dos horas, 23 minutos, tres segundos y dos décimas.

Mimoun vuelve a brillar: subcampeón en las dos primeras batallas mencionadas con 14.07.4 y 29.32.8. Aquel tren le había arrollado las ilusiones doradas.

Estamos en Melbourne 1956, la XVI gran cita. Tanto Zátopek como Mimoun se han reservado para la gran distancia. Los veteranos se baten duro desde el inicio; ambos son ejemplo de longevidad atlética. Con el checoslovaco, la experiencia; su oponente incursiona por primera vez en la difícil distancia.

Quien corre por los franceses anuncia:
-Voy a descarrilar esa locomotora...

En esta oportunidad, la felicidad prefiere la puerta del que actúa por Francia: hombre de oro con dos horas y 25 minutos. El europeo queda sexto: dos horas 29 minutos y 34 segundos. En segundo y tercer puesto: el yugoslavo Franjo Mihalic y el finés Velkko Karvonen, con 2:26.32 y 2:27.47, respectivamente.

Se ha repetido una triste historia ligada al ámbito olímpico y a la especialidad de maratón: Alain Mimoun nació en Argelia. Otro astro quitado a la colonia que es anunciado, proclamado, clasificado, como hijo del imperialismo que la destroza.

Muchos vieron aquella indecencia como algo natural; se agigantaría en un planeta náufrago. La cultura física no se escabulle de estas aguas tormentosas y sucias. Por costumbre y hasta de alguna manera legalizada, dicha atrocidad daña día tras día al llamado Tercer Mundo.

Como expresó José Martí: “Ver un crimen en calma es cometerlo. ¡Demasiada gente calmada ante esta monstruosidad!·

Demostrada la falacia

Francia no ha ganado ninguna presea de oro en el maratón olímpico. Ambos campeones son argelinos, y uno de ellos, El Ouafi, es el primer as árabe de la liza rescatada por Pierre de Coubertin, y su primer premiado de cualquier metal en el campo y pista del citado espectáculo.

Desgraciadamente, el robo de músculos, que ya tiene el mismo nivel que el robo de cerebros, ha incrementado su quehacer en el mundo y la cultura física actuales y hay latrocinios aún peores. Ni el templo olímpico escapa a tanta barbarie.

Sor Juana Inés de la Cruz lo expresó bien claro: “tiene más culpa el que paga por pecar, que el que peca por la paga. De meretriz tienen los deportistas que se venden o se dopan, pero son más víctimas que victimarios”.

Para eliminar las manchas en el deporte, antes debemos salvar al planeta de tanta explotación, de tanta impureza, de tanta maldad. Llegará el día en que Jesús nos ceda el látigo para expulsar a los mercaderes.

Argelia, tenían que ser tus mujeres

Por más sufridas, despreciadas, perseguidas, por la valentía demostrada en cualquier trinchera, tenían que ser tus mujeres las abanderadas del atletismo.

¡Argelia liberada! Hassiba Boulmerka y Nouria Mérah-Benida, también. Corrieron bajo la enseña patria, no vendieron sus piernas ni sus almas entonces.

Ocurrió en los mil 500 metros planos. Hassiba, luminaria mundial; su conquista superior, Barcelona 1992: la rusa Lyudmila Rogachova y la china Qu Yunxia no pudieron con ella. Primera medalla de oro olímpica para el campo y pista árabe porque Francia le sustrajo la victoria inicial: Mohamed El Ouafi, amo del maratón de Ámsterdam 1928, no representó a su pueblo.

Compite la coterránea de Boulmerka y Mohamed: Nouria. Cruza la meta y es la estrella de la distancia en Sydney 2000. Dos rumanas la escoltan: Violeta Szekely y Gabriela Zsabo. Consiguió más premios; su mejor verso en Australia.

Rey del semifondo se agrega al desquite: el argelino Noreddine Morcelli, señor de los mil 500 en Atlanta 1996. Ninguno como él en los años 90.

Más les presentó a un campeón supremo: Abd-El-Kader. Guió la lucha argelina contra la tiranía francesa a mediados del siglo XIX.  Hassiba, Nouria, Noreddine, lo revivieron.

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