viernes, 20 de mayo de 2016

La envidia desde su caja gris


José Martí. Foto: Internet

Autor: Víctor Joaquín Ortega

El poeta escribe: “La tarde me caía encima/ como la envidia de los mediocres (…)” Un cuentista retoza con la aparición del diablo que intenta repartir los males por todo el mundo: la envidia, bien calibrada por Lucifer para su fechoría, descansa en una cajita gris, achatada y hedionda.


Hacia lo cotidiano. La llegada de una joven promueve este diálogo:

- Sí, muy linda, pero tiene los pies algo grandes…
- ¿Por qué no se desriza el pelo? Esas trenzas duras…

Una rubia, molesta por dichas opiniones, a la contraofensiva: “Si la envidia fuera tiña (…)”. Las caras de las hablantinas adquieren la palidez de la caja señalada.

La embestida grisácea ocurre también en el deporte y en el ámbito intelectual, en lo habitual y en espacios sublimes. José Martí la sufrió. “Todo aquel que lleva luz se queda solo (…)”, expresaría. Hasta sus discursos, que le ganaron el apodo de Doctor Torrente en Guatemala, enfermarían de celos a alguien. Antes de llegar al hecho, citaré opiniones sobre su prédica.

Rubén Darío: “Su palabra suave y delicada en el trato familiar cambiaba su raso y blandura en la tribuna, por los violentos cobres oratorios… Arrastraba multitudes”. Por su parte, Enrique José Varona: “(…) sus palabras sonoras, en tropel de imágenes deslumbrantes, que parecían elevarse en espiras interminables y poblar el espacio de fantasmas de luz”.

Manuel de la Cruz: “(…) tono gemebundo y dicción clara y esmerada, propia del que habla para grabar la palabra en la mente y el corazón. Breve, sobria, doliente, la elegía, serena y cadenciosa, fluía tranquila y fácil como el llanto. De vez en cuando un arranque tribunicio ponía alas al período y revoloteaba alto, como águila que parece que va a posarse en el sol”.

José María Vargas Vila: “Su acento pasa por sobre las multitudes como un grande y generoso soplo, venido del océano inmenso, del campo libre, lleno de aromas, respirando vida. Él murmura al oído del emigrado, del vencido, del enfermo, la mágica palabra: esperanza. Él va a todas las almas murmurándoles no sé qué tierno acento de cariño; no sé qué extraño y asordador himno de grandeza.”

Federico Henríquez y Carvajal: “Martí era el verbo de la Revolución en esta jornada decisiva por la independencia de Cuba. Y el verbo se hizo hombre; y el hombre fue soldado; y el soldado, héroe; y el héroe, mártir augusto”.

El resentimiento de marras lo trata Gonzalo de Quesada Miranda, en el texto subtitulado Un dolor ajeno, que forma parte de su libro Facetas de Martí: “(…) en los apuntes íntimos de Martí queda el dato revelador de su alma noble y generosa, pronta a dolerse de la más leve envidia que él podría causarle con sus triunfos a otro ser humano”.

Las palabras incendian, llegan a lo más hondo, se fijan, al tejer ideas esenciales con la belleza: la poética, puente del pensamiento; la estética, ruta de la ética (…).

“Hasta que sus ojos caen sobre un hombre visiblemente disgustado por los aplausos que se le tributan (al orador), alterándose dolorosamente el ánimo de Martí al percibir que sus éxitos pueden hacerle a alguien padecer (…)”.

Acerca del suceso escribe el Apóstol: “Y como desde la tribuna vi a un extraño que sufría con el éxito de mis palabras me afligí de manera y me conturbó su pena de tal modo, que estuve a punto de acabar balbuceando mi discurso. Ya interrumpido por esta nota discordante, y para mi alma muy hiriente, el concierto de amor que necesito, sentí que mis palabras no corrían con su habitual facilidad, ni mis ideas, apenadas por aquella pesadumbre, podían volar a sus mansiones altas”.

Entristecido, respondía con bondad a esa pasión insana que desune, golpea, enajena, y a quien más daña es al propio envidioso, roído en su alma por la desdicha.

No hay comentarios:

Publicar un comentario