viernes, 20 de mayo de 2016

Deporte y homofobia: una mirada diferente (III y Final)


Las atletas rusas Kseniya Ryzhova y Tatyana Firova. Foto: Internet

Autor:Jesús E. Muñoz Machín

En diversos talleres, conferencias, charlas y jornadas, la Red Iberoamericana y Africana de Masculinidades (Riam) y su foro cubano han mostrado que el deporte puede servir también para promover cambios positivos en las sociedades.


Desde hace casi una década, ese grupo académico -con aportes también desde el activismo- trabaja los temas de construcción de las masculinidades en el deporte, con énfasis en dilucidar cómo desde preceptos machistas se incita a la violencia y la exclusión. Sin embargo, aseguran que igualmente las canchas, parques y lugares de consumo atlético pueden visibilizar acciones a favor de una cultura de paz.

“El escenario deportivo puede ser utilizado como plataforma para el lanzamiento de mensajes y campañas públicas por la no violencia, la no discriminación racial y por el respeto a la diversidad y la igualdad entre hombres y mujeres”, patentizó David Llanes Labaut, coordinador académico de la Riam.

Al respeto, Enmanuel George, especialista de proyectos de la misma organización, subrayó que “la experiencia del equipo de fútbol de la Facultad de Filosofía e Historia de la Universidad de La Habana (UH) es muestra fehaciente de resultados que se pueden tener cuando se trabaja con grupos localizados”.

Según explicó, “una vez sensibilizados los jugadores a partir de la participación en eventos y talleres, el equipo pasó a tener una proyección pública por la no violencia en espacios universitarios como los Juegos Caribe de la UH, además de realizar intercambios con otras provincias a través de la celebración de partidos amistosos y charlas educativas”.

En otras naciones o espacios internacionales han aumentado el rechazo a la homofobia. Uno de los momentos paradigmáticos tuvo lugar en el Campeonato Mundial de Atletismo de 2013, efectuado en Moscú, capital de Rusia. Allí, y como respuesta a una ley antigay promulgada por el gobierno de la sede, varias estrellas del deporte mostraron su desacuerdo con lo legislado por el Kremlin. 

El corredor de 800 metros planos estadounidense Nick Symmonds dedicó su medalla a sus “amigos gays y lesbianas”, mientras que la saltadora de altura sueca Emma Green, bronce del orbe en 2005, compitió con las uñas pintadas con la bandera del arcoíris, símbolo del orgullo gay, pese a los reprimendas de la federación helvética.

Pero las que más impactaron fueron las atletas rusas Kseniya Ryzhova y Tatyana Firova, quienes se dieron un beso en los labios durante la premiación del relevo 4x400 metros, justo cuando recibían el máximo premio. No hizo falta palabras.

Paulatinamente se ha hecho habitual que grandes atletas se unan al activismo por los derechos de lesbianas, gays, bisexuales, transexuales e intersexuales. El listado incluye figuras de renombre a la tenista estadounidense de origen checo Martina Navratilova, para muchos la mejor de todos los tiempos; el norteamericano multicampeón olímpico de clavados Greg Louganis, y el futbolista alemán Manuel Neuer, titular del orbe en 2014.

Pese a todo lo mencionado, el deporte se erige como escenario hipermasculinizado, donde los hombres deben cumplir con las exigencias propias de las masculinidades hegemónicas, mientras las mujeres son parte secundaria en los rituales atléticos, con algún protagonismo eventual. En ese contexto, la homofobia es un mecanismo regulador de lo considerado “normal”.

Los viejos fantasmas de la discriminación, no lo son tanto. Y en ocasiones se camufla y adopta formas más sutiles, a la luz de los neomachismos. Lo favorable es que cada vez son más las personas que a través de su historia personal, en las academias o desde el activismo han decidido mirar dentro y fuera de la cancha para abrazar la inclusión en el deporte.

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