domingo, 8 de mayo de 2016

Cinco letras para nombrar al ser más importante

Diseño: Gilberto González García
Autor: Gilberto González García

Pareciera que cinco letras son insuficientes para nombrar una entidad inconmensurable. Pero no es así, pues la grandeza se encierra en el concepto en sí y en la emoción que experimentamos cuando pronunciamos la palabra: madre.


Es que quien nos dio el ser, después de nueve largos meses de llevarnos en lo más profundo de las entrañas, y después de sufrir los dolores del alumbramiento; quien se desveló noche y día para que no nos faltara el imprescindible sustento que brotaba del manantial de su pecho; quien sufrió cada uno de nuestros dolores y gozó cada una de nuestras alegrías; quien, aún cuando ya asomen a nuestras sienes algunas hebras blancas nos sigue llamando “su niño”, tiene una talla que más nadie puede alcanzar en nuestra vida.

José Martí dijo que nadie sabía bien de la muerte mientras la madre no se le escapaba de entre los brazos. Alguien como el Apóstol, que amó tanto a su país y tuvo que apartarse de su familia para cumplir su sagrado deber con aquella madre mayor –porque la patria también es madre– nunca dejó de sufrir por los desvelos que su vocación humanista ocasionó a su progenitora. Y así lo expresó en versos, prosas y epístolas.

Otros muchos grandes pensadores han puesto en frases bellas sus ideas acerca de las madres. Algunos con tristeza, otros con alegría y todos con inmensa ternura. Mas, ninguno de esos enunciados puede abarcar todo el significado de esas simples cinco letras, porque hay tantas clases de sentimientos filiales como hijos tiene la especie humana.

Lo malo es que no siempre somos capaces de darle a nuestra madre todo el amor y el cuidado que merece y cuando la perdemos es que nos damos cuenta de cuánto nos faltó por entregarle y cuantos sufrimientos pudimos evitarle.

Por eso, quien tenga el privilegio de gozar de la presencia de su mamá, escuche bien este consejo: Rodéela de cariño, cólmela de mimos, no haga nada que la pueda incomodar y no permita nunca ¡nunca! que alguien se la ofenda o la haga sufrir.

Porque, como dice el refrán, madre solo hay una y cuando se nos va de entre los brazos es que, verdaderamente, conocemos la dimensión de otra palabra que también tiene solo cinco letras: “dolor”.

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