lunes, 9 de mayo de 2016

Celia, heroína en la Sierra y el Llano

Celia Sánchez recopiló toda la documentación posible.
Foto: Archivo de Granma

Autor: Pedro Antonio García / Granma

Mucho antes del triunfo de la Revolución su nombre había devenido leyenda en el país. Cuando aún no existía el Ejér­cito Rebelde, en plena tiranía batistiana, coloca en el busto del Apóstol del parque de Pilón un letrero con una sentencia martiana: “Solo hacen falta 30 hombres para levantar un pueblo”. Tiempo después, en los días del desembarco del Granma, se disfraza de embarazada y ante la amable invitación a tomar café de unos guardias que no la reconocen, con la mayor sangre fría se introduce en un cuartel con el fin de obtener información valiosa para el Movimiento 26 de Julio.


Celia Esther de los Desamparados Sánchez Manduley, hija del médico Manuel Sánchez Silveira y la manzanillera Aca­cia Manduley Alsina, nació en Media Luna, munidipio de la actual provincia de Granma, el 9 de mayo de 1920. Creció en un hogar donde se veneraba a los próceres de la patria; su padre los llevaba a ella y sus hermanos a sitios históricos como San Lorenzo, Peralejo y Dos Ríos, los estimulaba a leer La Edad de Oro y los Versos Sencillos; cada vez que visitaban La Habana, iba con ellos a la Casa Natal de José Martí y les convocaba a palpar el pasamanos: “Por ahí pasó su mano Martí”, les decía.

En 1940, cuando la familia se mudó para Pilón, el doctor Sánchez Silveira, en sus recorridos por la Sierra, llevaba a su prole a que conocieran de la miseria de esa otra Cuba y el por qué a esa clientela no solía cobrarles la consulta. Celia quedó impactada de la pobreza de los campesinos de la zona. Organizó verbenas, secundadas por gente generosa, para ayudar a las familias pobres y comprarles juguetes a los niños.

Comprendió que la caridad no bastaba, era necesaria una solución política y se afilió a la ortodoxia. Después del golpe de Estado del 10 de marzo de 1952, comprendió que entonces la única opción era la lucha armada.

A mediados de 1955, según testimonio escrito de la propia Celia, Manuel Echevarría, coordinador del Movimiento 26 de Julio en Manzanillo, la captó para la organización, en la que nunca tuvo cargos, aunque asumió tareas relevantes. Con su nombre de guerra, Norma, devino figura legendaria en los días de los preparativos de la expedición del Granma y del inicio de la lucha guerrillera en la Sierra Maestra. Por su labor en los constantes envíos de hombres y pertrechos, Raúl Castro la calificó entonces como “madrina oficial” del naciente Ejér­cito Rebelde.

Por aquellos días resultó detectada y detenida por el aparato represivo del régimen en una cafetería de Campechuela, donde iba a contactar con otro combatiente. “Voy a comprar una caja de chicles”, dijo a sus captores. Años después ella relataría: “Cuando me levanté y fui a la vidrierita, prendí una carrera. Había una acera muy alta y allí mismo me tiré y empecé a correr”. La sorpresa paralizó a los guardias. Al reaccionar, trataron de atajarla y tiraron al aire, pero Celia seguía corriendo como una gacela en peligro. Se internó en un solar lleno de maleza y marabú. “Me quedé tranquilita, para que no se moviera la hierba”. Al rato, cuando ya nadie la perseguía, siguió arrastrándose hasta la carretera. Con señas detuvo un auto, que resultó ser de un conocido que la llevó a una casa segura en Manzanillo.

Luego, pasó a ser integrante de la Columna 1, comandada por Fidel Castro, y participó en combates, como en El Uvero, M-1 en ristre. Coincido con su biógrafo principal, Pedro Álvarez Tabío, cuando afirmaba: “tiene el mérito histórico de haber sido la primera mujer combatiente del Ejército Rebelde y de haberlo hecho bien”.

Desde la lucha guerrillera, atesoró toda la documentación del Ejército Rebelde y su Comandante en Jefe. Gracias a ella tenemos lo que muchos hoy denominan el Archivo de la Revolución, y también conservó diarios de guerra de com­batientes caídos.

Su trabajo permanente junto a Fidel la convirtió en su colaboradora más estrecha desde los días de la sierra. De entonces hasta el instante de su muerte, el 11 de enero de 1980, devino testigo y participante activa de los momentos más trascendentales de la Revolución, en todas las actividades relevantes y las obras más significativas emprendidas después del triunfo.

Al decir de su biógrafo, Álvarez Tabío, la vida de Celia, desde los días del Granma y la Sierra, “está tan imbricada con la historia misma de la Revolución Cubana y de Fidel, que resulta imposible separar una de otra”.

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