viernes, 27 de mayo de 2016

Amparo no puede morir



Foto: Internet

Autor: Víctor Joaquín Ortega

Amparo Loy sigue viva. La magia de la literatura derrota su muerte pese a que el corazón le fallara el 3 de agosto de 1985 a los 77 años de edad.

Jorge Calderón González (La Habana, 1939)  hace más de 44 la atrapó -o fue atrapado por ella- en Amparo, milla y azucena, obra mencionada en el Premio Casa de las Américas, publicada en 1970 y reeditada en 2014 por la Editorial Extramuros con atinado prólogo de Zuleica Romay.


En la introducción se dice que el escritor “(…) escogió como protagonista de su primer libro a una mujer que, al juntar en sus venas la sangre de América, Europa y África, emblematizaba la mixtura racial y cultural que nos construye (…)”, pues “(…) la trayectoria vital de esta mujer muestra el proceso de aprehensión de una ideología, difusa en sus basamentos teóricos, rica y precisa en su entramado ético”.

El entonces joven periodista encontró el tesoro al integrar un colectivo que estudiaba los barrios marginales. Al aplicar la encuesta socioeconómica en Las Yaguas, ahí mismo vibró el escritor. Como ya dije, capturó y resultó capturado por Amparo, a quien no podemos dejar fallecer: en ella hay alimento imprescindible para esta etapa, para todas las etapas.

Al testimonio no lo lacera el didactismo extremo, la subjetividad barata, el teque o la muela como se llama en la actualidad a este pecado y que, nómbrese como se nombre, hace que los lectores huyan del escrito como el diablo de la cruz.

Según plantea la autora de Elogio de la altea o las paradojas de la racialidad: “hay en estas páginas un discurso emancipatorio que asombra por su falta de estridencia, por su ingenua toma de distancia de la retórica partidaria”, creíble como la propia protagonista que sintetiza valores y defectos del pueblo de donde ha surgido y de la fase que le tocó vivir o, más bien, mal vivir.

¡Cómo le duelen los traumas sufridos por la Loy y su parentela! Para acabar con desdichas como esas se ha hecho la Revolución. Pero, ¡cuántas cicatrices dejó aquella sociedad! Están ahí y pueden abrirse, traer nuevas heridas, si no se tiene el cuidado indispensable.

Calderón no oculta la verdad de su entrevistada y de la época. A machetazos se edifica esta mujer desde pequeña: ser proletaria, el desasosiego, lo precario, el descenso hacia la miseria, al final, Las Yaguas; sin negar, la educación familiar, encabezada por la honestidad de su padre, y  “(…) la fugaz cercanía a Antonio Guiteras y el magisterio de Osvaldo Sánchez y Lázaro Peña”, escudo y espada para luchar contra lo peor que la rodea y lo peor de sí misma, porque nadie se libra de su tiempo que, de una u otra forma, desgarra y aun surge cuando menos se espera.

Indócil, violenta, impaciente, con su lenguaje procaz, con sus puñetazos y patadas, ofende, golpea a su espíritu primero, comunista natural sin embargo.

La incomprensión de los camaradas, el alejamiento de las filas tan amadas, no pueden separarse de realidades señaladas por la prologuista: “Conviene recordar, que durante el largo invierno estalinista la inflexibilidad ideológica, el didactismo y el paternalismo intelectual lastraron en alguna medida la labor política de los partidos comunistas latinoamericanos, a lo que no escapó el pequeño y aguerrido partido cubano”.

El triunfo verde olivo es su triunfo, aunque a veces discrepe de rutas -no siempre está equivocada- y no la entiendan a plenitud, hasta la desprecien: prejuicios, el dogmatismo y la discriminación agrediéndola, incluso desde  personas que sin ser malas, no van a las raíces, caen en análisis equivocados y hasta en la maldad creyendo que están haciendo un bien.

Lo sintetiza muy bien Romay: “Y si al final de su relato nos parece un poco triste y desencantada, carente de orientación para ejercer su vocación de servir al prójimo, recordemos que ofreció su testimonio a inicios de un período en que nuestros afanes de proteger al bosque nos impidieron, a veces, ver los árboles”.

Oigan a Loy: “La gente desprestigiadora y sin conciencia, que hablan de Las Yaguas como lo último del mundo, lo más malo, y no se fijan que los padres de los que formaron Las Yaguas eran obreros desplazados todos a consecuencia de los malos gobiernos que teníamos.” En los errores de abajo, los de arriba son determinantes siempre.

Su visión sobre las féminas impacta: “La mujer cubana ha sabido, hoy, cuando el Estado revolucionario lo necesita, decir presente. ¿Cómo? Educando a sus hijos. ¿Por qué? Porque es la maestra, es la madre y es la que orienta.

“Ha tenido la inteligencia de dirigir a su hijo hacia un verdadero socialismo. Si la madre de todas las clases, lo mismo negra que blanca, le hubiera dado la espalda a la Revolución, quizá no existiera ni la quinta parte de revolucionarios en Cuba”.

Y agrega: “No hay Revolución socialista sin mujeres, así que la mujer para mí, en el mundo entero es la base primordial de todo el movimiento social”.

Libros como Amparo: Millo y Azucenas son ríos caudalosos y claros, necesarios, sobre todo, para desaguar en el alma de las más nuevas generaciones.

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