sábado, 23 de abril de 2016

Tenis y racismo: ¿Imaginario monocromático? (II y Final)



Arthur Ashe se convirtió en el primer campeón negro de
Wimbledon en 1975. Fotos: Internet

Autor: Jesús E. Muñoz Machín

A finales del pasado año e inicios de 2016 observé, escuché y leí indignado cómo los medios de comunicación cubanos y extranjeros replican una y otra vez frases como “Serena Williams es la mejor exponente del deporte blanco”. ¿Descuido? ¿Falta de profesionalidad? ¿Actitud discriminatoria? Esta segunda parte del texto se elucubró por aquellos días.

En primer lugar, y como me considero parte del problema al pertenecer al ámbito de la comunicación deportiva, también intento ser parte de la solución al proveer estas líneas. Escribo con la ilusión de que al hablar de Serena, el tenis y el racismo en esa disciplina, surjan tal vez algunas reflexiones.

Una búsqueda en Internet permite encontrar justificaciones genéticas, asociadas a la inteligencia o la resistencia de una etnia u otra, en fin, ideas segregacionistas que supongo pocas personas asuman como valederas en el siglo XXI. Otros criterios, como los de dos colegas, van a lo fáctico, a lo que se percibe a simple vista. “Pero es así, los blancos son mayoría en ese deporte”; “Mijo, de qué color son los mejores tenistas”. 

Y es cierto, las estadísticas pudieran ser argumentos sólidos para quienes defienden una postura tradicional. Es que entre las mujeres Serena Williams y su hermana Venus han sido una excepción por dos décadas, pero entre los hombres es menos evidente la ruptura de la hegemonía blanca.

Los números reflejan que en los últimos 28 certámenes de Grand Slam apenas un jugador no blanco ha competido en una final de hombres: el francés Jo-Wilfried Tsonga, en el Open de Australia de 2008.

Por si fuera poco en los 92 años transcurridos desde la integración de los cuatro torneos más importantes disputados de forma anual, solo dos jugadores negros y uno asiático han ganado un Grand Slam: el estadounidense Arthur Ashe, ganador del Open de los Estados Unidos (1968), el Open de Australia (1970) y Wimbledon (1975); el francés Yannick Noah, titular en el Roland Garros francés en 1983; y el estadounidense Michael Chang, también monarca de la justa gala en 1989.  La suma es de cinco Slams de los 364 que se han disputado desde 1924.

Pero los fríos dígitos, aunque confirman la regla, jamás ilustran sobre las causas de la desigualdad. Por ejemplo, acaso no es en las naciones con mayoría de población blanca donde más se practica el tenis. Igualmente deberíamos reparar en que el excesivo costo para formar a un atleta no puede ser asumido por los sectores más pobres, entre los que usualmente se hallan los grupos de personas negras y mestizas.

Como explica un texto publicado en la versión online de la revista española VICE Sports, “la blancura” del tenis tiene que ver con la carencia de pistas fuera de ámbitos adinerados y cita el caso específico de Inglaterra, donde los mayores eventos se llevan a cabo en las áreas tradicionalmente más ricas como Wimbledon, Kensington y Edgbaston.

Puede hacerse además una lectura histórica del fenómeno, pues aun cuando en algunos países el tenis se ha ido democratizando, las personas negras sienten menos atracción hacia una disciplina que históricamente los ha excluido, mientras que en algunos casos el estereotipo ha calado asimismo en ellos y no creen ser buenos para ese deporte.
Jo-Wilfried Tsonga.

Aunque en cada contexto tendría sus particularidades, podría afirmarse que la sensibilidad y las creencias que rodean al universo del tenis sí son monocromáticas y suelen corresponderse con el color blanco de la piel. Pero no deberíamos renunciar a escribir una historia diferente.

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