viernes, 8 de abril de 2016

El peligro de Donald Trump… y de los otros

¿Beneficioso para Cuba? Ninguno

Autor: Eduardo González García

La Red de Intelectuales, Artistas y Movimientos Sociales en Defensa de la Humanidad emitió un llamado a los pueblos del mundo a unirse para rechazar “la maliciosa campaña racista, contra la mujer y los inmigrantes” de Donald Trump, principal candidato a la nominación del partido republicano para las elecciones presidenciales de noviembre en los Estados Unidos.

El documento califica de “extremadamente alarmante” ese giro a la derecha en la política estadounidense.

Trump gana popularidad, primero, porque su discurso aparenta disidencia con respecto a la tradicional retórica electorera y sugiere un cambio en la política del establishment, aunque un giro tremebundo e irrealizable.

Por otra parte, tiene el atractivo de un espectáculo de circo, la actuación disparatada de un payaso, aunque sea humor negro.

La campaña de odio de Trump recibe una enorme y desproporcionada cobertura de prensa, comparada con la de los otros candidatos, y no hay ninguna reprobación a sus exabruptos en los grandes medios de comunicación, advierte el llamamiento.

Donald Trump propone levantar un muro a lo largo de la frontera con México, ¡pagado por los mexicanos! De lo contrario, embargaría todas las remesas que los migrantes envían a sus familias.

Además, plantea detener a todos los inmigrantes y refugiados indocumentados y deportarlos, pues repite que son los enemigos de los Estados Unidos.

El precandidato republicano fomenta la violencia contra cualquiera que se opone a su retórica racista, llama a prohibir la inmigración de personas de origen árabe, al cierre de las mezquitas y a la supervisión de todos los musulmanes en los Estados Unidos, lo cual recuerda la obligación establecida para los judíos en la Alemania nazi, quienes debían llevar una insignia amarilla permanentemente.

Trump ha dicho que las mujeres deberían ser castigadas por hacerse un aborto, afirmó que pondría armas nucleares en Japón y Corea del Sur y no descartaría el uso de ellas en Europa y, entre otras descabelladas pero peligrosas declaraciones, dijo que cerraría la embajada norteamericana en La Habana e impondría condiciones a Cuba para reabrirla.

El llamamiento alerta que, aunque tal vez Donald Trump no gane las elecciones, ha “revivido el espectro del fascismo en los Estados Unidos” y ha dado un impulso incuestionable a las ideas de la supremacía blanca, la xenofobia y la violencia en ese país.

“Este es el legado más terrible y preocupante de su campaña, que podría exacerbarse, con él o sin él, si no nos unimos para detenerlo”, concluye el documento difundido aquí por el capítulo cubano de la Red en Defensa de la Humanidad.

Opino que el establishment no permitirá, cualesquiera sean los medios, que Trump acceda a la presidencia de los EE.UU., como tampoco dejará que Bernie Sanders, que representa el polo opuesto, ocupe la oficina oval de la Casa Blanca, pues promete una “revolución política”, en un momento en que las circunstancias sociales lo favorecen.

La butaca presidencial estaría en disputa solo entre la demócrata Hilary Clinton y el republicano Ted Cruz, dos caras de la misma moneda, como ha sido casi siempre en la historia de ese país, y habría cierta continuidad en la política exterior e interior, pero, ¡ojo, ya el mal está hecho!

El fundamentalismo de Trump ha obligado a los demás precandidatos a endurecer sus respectivas retóricas, para no deslucir demasiado ante un electorado que anhela un cambio.

El miedo a la proposición de Sanders también inclina a los demás precandidatos a fortalecer sus promesas al lado más conservador de esa sociedad que, aunque minoritario, es quien decide en última instancia la política de los EE.UU.

Quien sea el nuevo presidente norteamericano, apretará la tuerca hacia la derecha.

Con respecto a Cuba, Ted Cruz trataría de revertir, en lo posible, el proceso de acercamiento a nuestro país, mientras Hilary Clinton intentaría impulsar la continuidad, pero ambos tendrían el mismo propósito de siempre: liquidar a la Revolución e iniciar un imposible viaje nuestro al pasado neocolonial.

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