lunes, 21 de marzo de 2016

Templete, a ti te hablo

El Templete, La Habana Vieja, Cuba. Foto: (xenaia.com)
Autora: Cáliz More Leal

Frente al remanso de la Plaza de Armas y de espaldas a las aguas de la bahía, levanta su presencia secular El Templete, monumento de la tradición habanera que pretende señalar el sitio, leyenda patinada de poesía o grave realidad histórica, donde los fundadores de la Villa de San Cristóbal de La Habana, al trasladarla a este su asiento definitivo celebraron la primera misa y el primer cabildo bajo las ramas copiosas de una espléndida ceiba aborigen.


“Oro solar la paz del viejo templo dora:
hosca sombras de antaño invaden la cornisa,
y evócase en el tedio fastuoso de la hora
la sencillez  remota de la  primera misa”

Así inicia el poema El templete de Agustín Acosta, uno de los más célebres escritores cubanos del siglo XX, quien dedica la elegía al pequeño templo inaugurado con el ruido de los grandes sucesos, el 19 de marzo de 1828 y del que habló el habanero Alejandro Valdez Guanche:  

“Si hay un sitio que identifica a La Habana, ese sin dudas es El Templete, y se dice que en ese pedazo de tierra se fundó instaurara la Villa que  próximamente cumplirá 500 años de historia.

Acercarse al Templete es evocar nuestros orígenes, es saber de dónde venimos, es saber que en ese acto fundacional de la Villa se va gestando poco a poco la identidad de cualquier habanero”.

Si el arquitrabe de seis columnas con capiteles dóricos y zócalos áticos, los dos lienzos fantasía del pintor francés Juan bautista Vermay, quien tradujo en  plástica imagen, misa y cabildo, a que se refiere la tradición del lugar, y otro paño mayor donde el artista dejó vigoroso testimonio del acto de inauguración no fueran suficientes para evocar su diamantina presencia, El Templete tiene  la ceiba, ese espécimen de la vegetación de los trópicos, testigo de ambas ceremonias en el lejano año de 1519.

Como todo monumento, El Templete es un poema de sugerente fuerza histórica,… y así supo interpretarlo, afirmó Ángel Augier, el matancero Agustín Acosta en el soneto Los camellos distantes:

“Esto tiene una antigua grandeza de aventura;
cuenta de locos éxodos, de oceánica locura
de carabelas frágiles y de un viejo león.
Y a través de las olas nos llega con el viento,
eterno e implacable como un remordimiento
el ruido de la injusta cadena de Colón”.

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