domingo, 13 de marzo de 2016

Los mejores jóvenes estuvieron entre los caídos aquel 13 de marzo


José Antonio Echeverría, al centro. Foto: Cubahora

Autora: Teresa Valenzuela

Fue una acción revolucionaria que nos llenó de gloria. Aquellos intrépidos jóvenes avanzaron sin dudas hacia el peligro, tomaron el cielo por asalto y estremecieron la conciencia de la sociedad cubana, para entrar así en la historia de su amada Patria el 13 de marzo de 1957.


Eran jóvenes como tantos otros, alegres, risueños, y llenos de sueños, además de comprometidos con su tiempo; aguerridos y valientes entregaron sus vidas para derrotar al dictador más sanguinario que conoció el país: Fulgencio Batista, que se rodeó de los más viles sicarios que utilizaban los métodos de torturas más horrendos para tratar de someter, sin lograrlo, a quienes representaban lo mejor de la juventud cubana de aquellos tiempos.

A comienzos de 1957, el Directorio Revolucionario planeó un golpe contra Batista en el propio Palacio Presidencial, y se consideró que la acción debía completarse con otra, que era tener una planta radial para comunicar al pueblo los sucesos y exhortarlo a cooperar con los revolucionarios.
Los sucesos del 13 de marzo que lideró el estudiante de Arquitectura de la Universidad de La Habana José Antonio Echeverría, conmovieron al pueblo, sobre todo, cuando se escuchó su voz exaltada frente al micrófono en la emisora Radio Reloj que anunciaba al país que el dictador Fulgencio Batista había sido ajusticiado.

Aquel día José Antonio estuvo al frente de la acción del asalto a la emisora Radio Reloj. Al regresar a la Universidad después de realizar la operación, cayó en heroico combate contra las fuerzas represivas, a un costado de la escalinata con solo 24 años de edad, siendo presidente de la Federación Estudiantil Universitaria (Feu).

Con la decisión de derrocar el régimen oprobioso, aquel 13 de marzo de 1957 un comando de 50 combatientes asaltó el antiguo Palacio Presidencial (hoy Museo de la Revolución) para ajusticiar en su propia madriguera al dictador Fulgencio Batista.

Participantes en la acción cuentan que el grupo al llegar al antiguo Palacio Presidencial se dividió en tres grupos; uno subió hacia la parte superior y,  los otros dos a la izquierda y derecha, respectivamente, en la planta baja; combatieron con fiereza hasta la última bala la fuerte resistencia de los guardias que los superaban en número de efectivos y armamento.

Nadie olvida el sacrificio de aquellos jóvenes que murieron en la plenitud de sus vidas; por ello el agradecimiento eterno de todo el pueblo llega hasta nuestros días; todos admiran a quienes materializaron una de las frases del himno nacional que los inmortalizó: morir por la patria es vivir.

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