jueves, 10 de marzo de 2016

El final del gladiador


Autor: Gabriel García Galano

Mientras el Wolfsburg terminaba de negociar su pase a cuartos de final de la Champions League, por otro lado, a unos cuantos cientos de kilómetros, otro hombre aguardaba su destino.


Espera ese ser, impaciente, asistente vivo a su funeral europeo. Levanta la cabeza, mira la pizarra del Bernabéu, baja la mirada, reza. Hace ya doce años que se le dio la oportunidad de defender la chamarra blanca, pero cambió este chance por completar 23 años vistiendo franela escarlata.

Roma va a por lo suyo, queriendo bailar en casa del trompo. Nuestro protagonista se arremolina, salta, grita, manos a la cabeza cierra los ojos y, fiel a la costumbre italiana, vuelve a rezar. “Vamos muchachos. Quiero seguir en Europa”.

La placa metálica y los diez tronillos que atenazan su tobillo le recuerdan una de sus peores lesiones, lo que resolvió anotando más goles que nadie en 2007, cuando se hizo Cappocannoniere con 26 perforaciones y obtuvo la Bota de Oro.

Cae el gol de Cristiano en la segunda mitad. Mientras ve la debacle quiere arrancarse los pelos; patea el suelo. Global de 3-0 indica que poco queda que hacer. Pero aún confía, aunque los de la Loba desperdician sus últimos cartuchos sin saldo favorable.

Casi en una exhalación llega el tanto de James. Resignación. Unos dirían que desde el 2-0 en el Olímpico no había nada que hacer, pero un buen legionario nunca da la batalla por perdida. Y él no es de los que se rinde ante las adversidades, como lo demostró en 2006 cuando asumió la convocatoria a la Azurra campeona sin estar totalmente recuperado de otra grave fractura de una de sus piernas.

Spalletti manda el recado. Se le acercan. “Prepárate para entrar”. “Estoy listo”, como toda respuesta. Se levanta y de un tirón se saca el jersey que le protege del helado frío madrileño. Sale hacia el cuarto árbitro. Nadie le da indicaciones. Esas no le hacen falta a El Emperador .

Francesco Totti sale a la cancha a la señal del árbitro y todo el Santiago Bernabéu se levanta a aplaudirlo. Saben que asisten al compás final de una sinfonía única, escrita sobre el pentagrama del amor por un club que quizás le dio más decepciones que títulos, pero es el suyo.

Marcelo se apura en ser el primer rival que le saluda. Lucas Vázquez es el segundo. Y comienza su juego. Rápido toca los primeros balones. Aplausos cuando toca el balón. Expectación cuando cobra un córner. Triangula letalmente para Florenzi, pero el nuevo capitano no lo entiende y su taconazo muere a los pies de Pepe.

Incluso pone pólvora a un cañonazo, su última descarga en la Champions, porque sabe que solo un milagro lo verá de nuevo ahí. A sus 39 le será difícil llegar. Si ya Spalletti lo tiene relegado de la acción, un año más será el último clavo en su ataúd.

Lamento no haber visto quien quedó en posesión de su camiseta giallorossi, o si al menos la cambió con alguien. Pero si lo hizo, que se sienta afortunado el nuevo portador de la número 10 color sangre, porque Totti es parte innegable de la historia del fútbol y de toda una generación de gladiadores que ya graznó su canto de cisne, para morir en la gloria del  deporte más hermoso del mundo.

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